Malditos sean los viernes.
Hoy no tengo ganas de hablar de lo lindo que sería si la tarde fuera lluviosa o de lo mucho que me desagradan los niños; hoy me siento como para no hablar. Bueno, tampoco quiero escribir, pero la resaca moral que tengo por no haber tocado mis lápices con estas ganas en los dedos me carcome desde hace tiempo.
Esta semana me revolcó sin pedir permiso ni avisar, y hoy quiero derretirme en mi cama hasta que mis pies se vuelvan bases de columnas; tampoco quiero otra comida además de sopa. Supongo que todas tenemos estos días de apagar el despertador y odiar la navidad que se avecina, pero hoy no quiero ni tocar. De verdad me da pena admitir que necesito un cigarro, parcialmente porque sé y reconozco que me va a servir de nada y me frustraré por el olor de mis manos, sin contar con el sutil aroma a vestido de fiesta usado que tendrá mi cuarto por el resto del día. Hoy no es sino un reflejo perfecto de mi semana.
De cualquier manera, esto es inútil; siéntame como me sienta, las convenciones sociales que me rodean y me persiguen cuando pongo un pie fuera de mi cuarto y mi cocina me obligarán a obligarme a arreglarme el pelo y caminar por una casa ajena toda la noche (con las luces prendidas, por supuesto). Sin quererlo, deberé limpiar mis zapatos y curar mis uñas de su masculinidad reciente, al igual que olvidaré todo este paréntesis para dormir las pocas horas que me separarán de esta semana esquelética.
Qué grandes mierdas son los viernes.
Qué grandes mierdas.
Clementine.